viernes, 23 de octubre de 2009

Necesitaba gritar.

Si algo supo mientras mantenía aquella conversación es que necesitaba gritar tan fuerte que como resultado se quedase afónica. Gritar, chillar y llorar después, largo rato. Hacía mucho tiempo que no sacaba lo que llevaba dentro, como si un muro enorme franquease el paso de sus sentimientos y rebotasen hacía ella, de vuelta, como si fueran rechazados. Llevaba tanto sin percibirlo y en aquella situación, que se acostumbró, y sólo cuando perdió, la realidad se le pegó a los ojos. Se había estancado en medio del camino y la cuerda estaba entonces más tirante que nunca. La llaga era ya demasiado profunda. Gritar. Lo único que pasaba por su cabeza era gritar, saltar quizás, tirarse a la arena de la playa, revolcarse, hundirse en la arena mojada de la orilla y sentir que la vida, aunque fuera por el frío, le permitía volver a tener sentimientos que no fueran de dolor. Sentir, en el grito, en el lloro, en el frío, en el agua, que la vida era algo más que sufrimiento, distancia, añoranza y pérdidas. Creerse, aunque fuera mentira, que la vida realmente valía la pena. Había pensado tantas veces en huir que tuvo la sensación de haberse marchado muy lejos. “Estoy muy lejos ya de vosotros. No intentéis alcanzarme, jamás lo conseguiréis. Volveré, no sé cuándo, pero lo haré. Cuando pueda volver a ver el azul del cielo, me tendréis a vuestro lado contemplándolo.” Sería la nota de despedida perfecta. Aún estaba allí, perdida en una ciudad que conocía perfectamente. No hay que huir, ni gritar, ni llorar, ni revolcarse con ropa de calle por la arena mojada de la orilla del mar, del mar de una playa de tu ciudad. Pero sí hay que vivir, y no mirar a otro sitio que no fuera al frente. Ella no sabía hacerlo. Y por entonces tampoco lo pretendía. Su vida se había acelerado.


 

 

 

 

 

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